NUEVA YORK Y EL MOMENTO ZERO

Es un 11 de septiembre de 2001. Estoy a punto de tomar mi primera taza de café del día. me siento emocionado por afinar los últimos detalles de mis próximas vacaciones a París y Londres. Mientras preparo mi maleta, Brozo, payaso conductor de un bizarro noticiero matutino, personificado por Víctor Trujillo interrumpe su programa para anunciar que en el World Trade Center de Nueva York hay una situación de emergencia, una explosión en la Torre Norte.

Extracción del libro Síndrome del Viajero Frecuente, del autor: Pepe Treviño  /  Fotos: Federico de Jesús

Abrumado, observo las imágenes aéreas que muestran el enorme boquete en una de las torres. Estoy perplejo. Pronto decido ver las noticias en directo, por cable, y sintonizo CNN para saber de qué se trata. Los conductores de la cadena televisiva se notan nerviosos, ingenuos informan que se trató de un accidente, pero fuentes extra oficiales señalan que se estrelló un avión comercial.

La escena dantesca me hace sudar. Reconozco que fui un egoísta al pensar que mi viaje a Europa se “apestaría”, hasta que en vivo y en directo otro avión de la aerolínea Delta Airlines se acerca a la torre sur para perpetrar el ataque terrorista más infame que se haya visto, en vivo, a través de la televisión.

Confuso, decidí continuar con mi plan. Viajé a Europa el 13 de septiembre de 2001. Así logré conocer el ambiente que se respiraba en los aeropuertos. Para los miembros de seguridad aeroportuaria, los latinos, chinos, negros, caucásicos, todos éramos sospechosos, sin embargo, cuando los noticieros señalaron a Bin Laden como el agresor, todos los occidentales estigmatizaron a los turistas árabes, tanto que durante el vuelo que tomé, México-París, cada vez que uno de ellos se levantaba de su siento las miradas de los otros pasajeros demostraban terror, pensaban que estos viajeros eran terroristas, imaginaban lo peor debido a que nadie sabía, a ciencia cierta, de quién había sido la mano que había ejercido el acto violento.

En tierra parecía que los gobiernos buscaban en los ciudadanos a un chivo expiatorio para disculparnos. La seguridad de todos –hasta ahora– parece exigir un sacrificio, pero, ¿qué tendré yo que ver con ningún bandido?

Después de viajar por Europa y haber regresado a casa, mi cerebro aún no procesaba el terrible suceso. Como periodista que cubre la fuente turística me sentía confundido, la industria se había paralizado; las campañas de promoción y las conferencias de prensa eran nulas, toda la información se manejaba a través de boletines con información tan pobre como el armamento talibán. Sí, parecía que el tiempo se había detenido.

Sin embargo, dos meses después, recibo una invitación por parte de la extinta aerolínea Continental Airlines, la misma que once años después sucumbió ante la crisis que sacudió a la industria aeronáutica posterior a los atentados del 11 de septiembre, para viajar a la Gran Manzana y comprobar que la empresa, así como la ciudad de Nueva York, continuaban de pie.

Desde mi asiento, antes de aterrizar, veo el gran hueco que han dejado los actos terroristas en Lower Manhattan y no puedo evitar sentirme triste. En tierra, justo en Times Square, el centro teórico del universo, se mostraba orgullosa la tanga de Britney Spears en un gigantesco panel publicitario de Pepsi. Britney es blanca, el calzón era rojo y el pantalón azul: los colores de la bandera de los Estados Unidos. En la también extinta megatienda de Virgin Records, quien fuera proclamado Rey del pop (Michael Jackson), aquél que dormía en una especie de nave espacial para ser un “joven” eterno,  firmó no hacía más de un año, autógrafos durante el rush time neoyorkino sin asomo de miedo al mal aliento de sus fans, todo al mismo tiempo que, frente a las ventanas del estudio de MTV, una multitud en edad de servicio militar gritaba y lloraba por ver de cerca el acné de las púberes estrellas del playback de una boy band.

A raíz de los atentados, Broadway había cancelado algunos shows teatrales, acción que hizo enojar a los neoyorquinos por privarse de los espectáculos. El arte no tiene que ver con el petróleo, ni con el poder, ni los bombazos, al contrario: muchas veces, al  final de las obras, los propios actores salían al foyer a recoger donaciones para las familias de las víctimas, aceptando cheques de texanos, billetes de europeos o pennies de latinos desfinanciados. Nadie luce asustado y nadie está quieto. Ni los edificios.

El Empire State que otra vez era el más alto de Nueva York con sus 104 pisos, no cedió a la acrofobia y salió adelante a pesar de la emigración de las 80 compañías que ahí funcionaban, las mismas que se mudaron a algún primer piso luego del 09-11.

Como suele suceder en todo evento de trascendencia mundial, apareció súbitamente un personaje latino. Se trataba de una señora que vendía souvenirs en la tienda del piso 82 del Empire State; desde ahí vio cómo se estrellaban los aviones en el mismo piso de las Torres Gemelas. Esta peruana era morena y estaba curtida contra las penas, seguía vendiendo muñecos King Kong de goma y demás recuerdos en el edificio, que cada noche en sus últimos tramos se encendía con los tres colores emblemáticos de la bandera.

Quizá por la sugestión recuerdo muy bien las banderas que ondeaban en los autos, las veía también en las solapas de los hombres trajeados, en patrióticos tatuajes vigilando la frontera de las más privadas zonas de sus ciudadanas. El otro icono era igual de intenso pero de distinta funcionalidad: el id. Los foto- checks parecían formar parte del cuerpo humano, como silente aceptación de pertenencia a una comunidad envidiada que acepta vivir permanentemente identificada, pero sin ceder un ápice en su manera de vivir libremente.

A sólo dos cuadras, en la misma calle 42, un saxofonista callejero me hizo recordar que la vida es más que libertad, es imaginación y por eso estaba aquí, para ver el reflejo de las luces neón en los rostros de la gente con facciones de todo el mundo. No es antojo que esta ciudad sea reconocida como capital mundial, tampoco que gran parte de las comunidades de otros países llegan aquí para cumplir el “sueño americano”, ellos quieren demostrar a todos, sean gringos o árabes, su pasión por el arte.

Mi itinerario tenía como lugar estelar el Ground Zero, que desde ya se había convertido en un perturbador destino turístico. Entre el homenaje y lo mórbido, viajeros del mundo se arremolinaban frente a las vallas próximas para llevar a casa una imagen de la “desaparición”, un fragmento de escombro. Las miles de flores, fotos, velas, muñecos de peluche y mensajes de aliento colgando de las rejas obligaban a transformar la curiosidad en reflexión. Seguir viviendo, tal como lo hace Nueva York, parecía ser mejor respuesta que un bombardeo al otro lado del planeta.

La Zona Cero, vista desde de un ferry sobre el río Hudson, la descubrí diferente. Había un vacío visual en donde estaban las torres, un sector nuevo de cielo que no debería verse. La brisa del río traía un denso olor a quemado que envolvía la embarcación como un fantasma inocuo pero doliente. Edificios desde donde se controla el dinero del mundo reverberaban el motor diesel de la nave, único sonido que procedía de la zona evacuada. Nadie hablaba a bordo del barquito. Poco había que decir y una coreografía no ensayada de cámaras se concentraba en la zona silenciosa, olvidando que esto no era un paisaje. Se trataba de una tumba.

Diecisiete años han transcurrido desde los atentados. El paso del tiempo no ha sido suficiente para cicatrizar las heridas, es como un amor del pasado, doloroso, pero difícil de olvidar; por ello, quizá inconscientemente, decidí regresar a la Gran Manzana en mis pasadas vacaciones.

Sí, lo reconozco, estaba buscando a un fantasma añejo en la Zona Cero, hoy llamada 9/11 Memorial; la parte de Lower Manhattan que parece estar en construcción eterna. A cuadras de distancia percibía una energía especial. Sabía que estaba sugestionado y ello hizo que volteara hacia la punta de los edificios. Mi inconsciente me hacía imaginar que sucedería algo extraordinario.

También descubro que aquí los turistas no se ven felices, aunque sí emocionados, sus rostros me hacen recordar a los niños que por primera vez admiran la magnificencia del mar, a los que están a punto de subir a un juego mecánico que les volteará el estómago en un parque de diversiones. Pero no es así. Se trata de un lugar en donde la historia contemporánea fue lastimada con los actos terroristas más infames de la época moderna que causaron la muerte a más de tres mil personas.

El Memorial está cercado, hay cientos de policías que le rodean. Desde afuera, logro reconocer las estructuras que ha diseñado Calatrava, que semejan a un esqueleto de ballena. Pero antes de entrar asisto al Tribute WTC 9/11, un pequeño museo de cinco galerías que exhiben todo lo referente al derribado World Trade Center, desde las maquetas de los edificios, hasta objetos rescatados de los escombros; fragmentos de avión, trajes de bombero y cosas personales de los fallecidos donadas por las familias.

Mientras camino por sus estrechos pasillos, conozco a Bill Spade, el único de los 12 bomberos de la brigada de rescate Co. 5 que sobrevivió a los atentados. Durante una charla, Bill comenta que logró salvar a más de cien personas, pero también dice con pesar que sus 11 compañeros murieron.

Bill es un hombre corpulento, fuerte, pero mientras agita sus manos cicatrizadas habla con la voz cortada y afirma que aún lo persigue el miedo y cada noche se transforma en una pesadilla con imágenes y situaciones horrorosas. Sin dudarlo, le pregunto acerca de la horrible vivencia que experimentó y pronto enciendo mi grabadora. El ex bombero Spade relata, con el corazón en la mano, el suceso.

“Mis chicos estaban asistiendo una fuga de vapor en un hospital cercano al WTC, cuando un bombero fuera de servicio me llamó para decirme: ‘Bill, un avión acaba de estrellarse en el World Trade Center”. Pronto alisté mi equipamiento y salí hacia esta zona. Había caos a manzanas de distancia de la zona trágica. Continué a través de un túnel y seguí por la calle West. Allí, sobre la vía, ya había partes de cuerpos y decenas de cadáveres. Comencé a rezar, pues no había manera de evitar atropellar a algunos de ellos, esto mientras recibía órdenes de los jefes en el puesto de mando, quienes pedían que los apoyara en la torre norte. Así, llegué al vestíbulo del edificio norte poco antes de escuchar un estruendo, producto del sonido que produce el metal cuando choca con el concreto y cristales. Me metí en un hueco de la escalera. Entonces todo se volvió negro. Se desplomó la torre sur”. Dice Spade mientras traga saliva.

“Minutos después escuché gritos desde el otro lado de la puerta. La abrí y grité: ‘Si pueden ver la luz de mi linterna acérquense, soy un bombero’. Yo y algunos policías nos reunimos e hicimos una cadena humana para comenzar a pasar a los civiles heridos fuera del edificio. Tres bomberos habían regresado, llevando una persona corpulenta en los brazos. Ése fue el último momento para evacuar, la torre norte se venía abajo”. Comenta Bill con los ojos a punto del llanto. “Intenté salir corriendo. Teníamos poco segundos para evacuar antes que cayera el edificio. Y aunque nunca levanté la vista al cielo, al intentar dar un paso para correr, una enorme fuerza me alzó y me lanzó contra la pared. Cuando cesó el ruido, yo y otros tres bomberos inconscientes aún estábamos con vida. Esa noche, ya en el hospital, recibí una llamada de mi hermano quien me dijo: ‘Bill, todos los chicos de tu grupo están desaparecidos, todos se han ido’, repitió mi hermano Gone”.

“Postrado en la cama, lo recuerdo muy bien, pensaba que la vida para mí no tenía sentido, caí en depresión. Yo tenía lo que ahora llaman “la culpa del sobreviviente” debido a la muerte de los 11 chicos desaparecidos que estaban a mi cargo. Así, después de cuatro años de terapia, me encontré con el Tribute WTC Visitor Center y empecé a dar tours guiados”.

Hoy el ex bombero sufre de infecciones respiratorias debido a todo lo que inhaló durante el rescate, pero afirma que aquí, en el Tribute WTC Visitor Center, encontró una manera de volver a vivir a través de los recorridos que brinda a los turistas. Este trabajo es su terapia psicológica, aunque su mirada inundada de lágrimas demuestra que libera emociones, pero nunca las olvida.

Así, esta vez salgo con sentimientos encontrados: Bill Spade me hizo sentir un turista miserable. Reconozco que la Zona Cero se ha convertido en una de las principales atracciones turísticas de Nueva York, sobre todo ahora con el gigantesco edificio llamada One World Observatory que incluye la Estación Calatrava. Es dark tourism puro y vil que nos hace recordar de lo que somos capaces los seres humanos.

Al final del tour, camino por el parque Memorial y descubro un triste diseño. Las dos fuentes con los espejos de agua que cubren el área donde se ubicaban las torres, así como las placas en bronce con los nombres de cada una de las víctimas, hace que los visitantes guarden silencio. Todo mientras el agua cae infinitamente a través de un hueco ubicado al centro, creando un sentimiento de vacío, similar a lo que el ex bombero Spade experimenta cada noche. Al vacío que sienten los familiares de los caídos, tanto en los atentados como en los bombardeos al otro lado del planeta.

No sabemos bien quién es el enemigo o el antagonista… es lo mismo.

 

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