MONTRÉAL PLAZA: LA LOCURA TRANSFORMADA EN COMIDA

Si, si, la ciudad canadiense de Montreal es reconocida como una de las más cosmopolitas de Canadá, una mezcla de culturas de diversas partes del planeta han obligado a que su cocina viva una enriquecedora oferta. Pero los que ya hemos probado los sándwiches de Schuartz o los clásicos bagels, también buscamos otras cosas, diferentes, singulares.

Texto: @Pepe_trevino  / fotos: Federico de Jesús

Pero un día, mientras vagaba por las calles de Montreal, una amiga canadiense me invitó a comer a un sitio “fuera de lo común” -sin payasadas-, donde elaboran comida con investigación y técnica, pero con un concepto de servicio que, literal, me hizo sentir diferente, feliz desde que tomé asiento.

El restaurante se llama Montréal Plaza y está ubicado en una zona alejada de los spots turísticos. Apenas tiene unos meses que encendió sus fogones y es comandado por los chefs Cheryl Johnson y Charles-Antoine Crête, éste último un creativo cocinero que decidió abrir su propio restaurante en 2017 –junto a Cheryl-, después de haber trabajado en Toqué!, de Montreal.

Desde la calle, el restaurante se reconoce por el logotipo de un gallo en luz neón. Dentro se pueden ver hileras de mesas con manteles blancos, en un extremo se encuentra la barra y al fondo una cocina abierta. De reojo parece un bistro, luminoso y sobrio, pero una vez que se pone atención en los detalles se descubren una serie de sorpresas ¿Qué hace Elmo el monstruo come galletas colgado de una lámpara? ¿Por qué la música está tan chingona y suena a un nivel más fuerte de lo que acostumbra un restaurante promedio?

Así fue la recepción en el Montréal antes de ver a mi amiga, que ya me esperaba con una copa de vino. Tomo asiento y pronto llega el mesero, antes de ver la carta, él afirma tener el trago perfecto para mi, solo me pregunta cuál es mi destilado favorito. Le respondo que el whisky.

El lugar, como decía, es ruidoso, mi anfitriona y yo hablábamos casi como si estuviéramos en un bar a la hora pico. Al fondo sonaba la canción Da Ya Think i´m Sexy? de los Revolting Cocks mientras los meseros desfilaban con charolas de tragos y comida.

Aún no entendía qué es lo que iba a comer. No soy ningún comensal mamón, degusto y trago de todo, pero el sitio, tan sui géneris, me hacia saber que sería una sorpresa, pero también me hacía sentir como a un viejo de costumbres, pues de reojo alcanzaba a ver las viandas que pasaban frente a mi. Además que también, a lo lejos, me coqueteaba una barra fría con almejas y otras cosas de mar, igual de hermosas. Eso, era mi única certeza.

Ya estábamos a punto de terminar el primer trago y el menú de alimentos aún no estaba en la mesa. No nos dimos cuenta hasta que nos sugirieron cambiar de mesa, frente a la cocina. Es entonces donde aparece el chef Charles-Antoine, con un trapo al hombro y una playera –la misma que usa todo el equipo de cocina- de un personaje de peluche, onda 31 Minutos.

El chef prefiere hablar español y nos da la bienvenida. Nos dice que dejemos todo en sus manos, ha preparado una serie de platillos. Pero al mismo tiempo comienza a servir copas de vino chenin blanc canadiense mientras nos dice que su restaurante es su santuario de la diversión… Antonie parece contagiar su entusiasmo, cada vez habla más fuerte y dice ser un cocinero loco, muy loco. Le digo que no le creo y entonces me pide que tome mi copa para que lo acompañe a su taller. Así avanzamos entre mesas repletas de comensales sonrientes, algunos ya pedos y otros en el intento. Llegamos a un pequeño cuartito, a la vista de todos. Allí veo un pequeño ciclorama con figuras caricaturizadas de ingredientes alimenticios hechos en plastilina. También me muestra pequeños personajes de Donald Trump y Kim Jong-un, entre otros, con caras bizarras, similar a la vida nuclear a la que ellos creen dar vida. Son obra de Antoine y Matthieu Goyer, que en conjunto producen cortos animados para las páginas de las redes sociales del restaurante.

Es entonces que Antoine me dice que para crear platillos con alma hay que estar un poco chiflado… afirma que esta es su concepción de vida y dice que morirá en la línea, en los fogones, pero con una sonrisa, más grande que la de la misma muerte, al miso tiempo que agrega: ”No quiero impresionar al mundo, quiero que la gente se sienta bienvenida, bien, mejor que estar en casa”.

Y así se siente. “El Plaza”, como es conocido el restaurante por los clientes habituales, siempre está con reservas a tope, incluso es común ver a muchos chefs locales socializando, a veces en la barra o detrás de ella, otras en la mesa disfrutando de un platillo y otras más bailando al son de la música que pone Antoine. Por cierto, es muy buen Dj, solo hay que ver como gradualmente el ambiente de fiesta comienza a inundar los corazones de los comensales o ver esperar a que un comensal informe a los meseros que en la mesa hay un cumpleañero para que rápidamente salga todo el equipo de Montréal Plaza con un pastel falso cargado de fuegos pirotécnicos, ataviados con disfraces y sombreros con formas galácticas o personajes de caricaturas clásicas mientras suena la pieza de “Star Wars” a través del equipo de audio.

Actualmente Charles-Antoine Crête se ha ganado fama a pulso. Es un gran cocinero y no pertenece al molde del jefe estereotipado. Su mirada recuerda al actor francés Vincent Cassel, pero el chef tiene un gran sentido del humor, a veces muy negro, aunque siempre sacando la mejor sonrisa. Pero dejando a un lado las excentricidades, su reputación es la de un excelente cocinero. Solo hay que probar su menú y reconocer como la filosofía de la cocina se basa en rendirle tributo al ingrediente, sin importar que haya trabajado a lado de Normand Laprise, para así ganarse el respeto a pulso.

Y así lo hice, reconocí su talento en cada bocado, como sucedió con los caracoles de mar gratinados con manteca de miso, el Patate à Rien, coles de Bruselas fritas, crema de esturiones ahumados, sin duda todo un espectáculo que se complementa con el diseño del famoso taller de Zébulon Perron.

La noche se extendió entre trago, risas y brindis con todo el equipo de cocina, quienes, por cierto, no dudan un solo instante en beber un trago o bailar con los comensales ¿Será porque el Montréal Plaza es como un fragmento del libro de Aldous Huxley “Un Mundo Felix”? Yo creo que la respuesta es afirmativa, pues al igual que el libro del autor británico, aquí, en este restaurante, la humanidad podría ser ordenada en castas donde cada uno sabe y acepta su lugar en el engranaje social, saludable, avanzada tecnológicamente y libre de todo tabú.

DE VIAJERO A VIAJERO

DÓNDE: 6230 St Hubert St, Montreal, QC H2S 2M2, Canadá

HORARIO: 5 PM

URL: montrealplaza.com

INSTAGRAM: montrealplaza

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