TIJUANA: LA CIUDAD INVISIBLE DE LOS MIGRANTES

Se estima que 6135 migrantes centroamericanos se encuentran en un campamento habilitado en la Unidad Deportiva Benito Juárez de Tijuana. Las condiciones del sitio no logran satisfacer las necesidades del numeroso grupo, y nadie parece saber bien cuál será su futuro.

Texto y fotos Viko Rodríguez

El marcador no marca carreras de local, tampoco algún jonrón de visitante. La pizarra de la cancha de béisbol en la Unidad Deportiva Benito Juárez ni ceros tiene. Tampoco hay suficientes lonas ni casas de acampar para los migrantes instalados en este centro de atención, convertido en un verdadero campo de refugiados. Más de 6 mil migrantes provenientes de países como Honduras, Guatemala, El Salvador y Haití esperan ansiosos por un futuro que se muestra cruelmente incierto.

La Unidad Deportiva Benito Juárez se ubica en la Zona Norte, un área que colinda con la Vía Internacional, seguido por la barda divisoria con Estados Unidos. Para los migrantes que llegaron hasta este punto, el sueño está literalmente a metros de distancia. Pero la realidad es  otra, es un balde con alambre de púas, helicópteros centinelas y elementos armados del lado norteamericano.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró que “nadie entrará a nuestro país a menos que entre legalmente”. Sus feroces palabras se suman al apoyo total al uso de la fuerza para impedir “agresiones a los agentes fronterizos o a inmuebles federales de Estados Unidos”.

Miles de casas de acampar forman un asentamiento irregular, una chabola con callejones y tendederos, peluquerías improvisadas y una sección de baños a espaldas de la Vía Internacional. Dentro de las carpas, los migrantes guardan sus pocas pertenencias. Se recuestan para descansar los pies, darle un respiro al alma. Pero esta suerte no es la de todos. Algunos portan la misma ropa con la que iniciaron su camino desde una tropical Centroamérica, y ahora enfrentan las inclemencias de un clima frío y lluvioso en la frontera. Otros no cuentan con lonas para hacerla de techo; duermen sobre cartones o a ras de suelo.

Hugo Esteban Castillo es salvadoreño. Tiene 20 años. Ama el fútbol. Le brilla el ojo viendo cómo juegan las retas en la cancha de fútbol rápido de la Unidad. Escapa de un infierno de violencia de su país; decidió recorrer el país con la intención de cruzar al otro lado. Pero no llegó, o al menos todavía. Por ahora espera paciente a que le toque una lona que pueda utilizar para no sentir el frío del piso al dormir. Esperar una carpa, ya es mucho. Mejor espera en las gradas a su turno en las retas; un gol genera suficiente calor para aguantar la cruda realidad.

La situación es tensa. Los agentes policiacos alrededor del campamento custodian en modo centinela. La orden es evitar cualquier conato de violencia ya sea proveniente de migrantes a locales, como de mexicanos hacia la caravana. Existe un miedo generalizado, un miedo hediondo y peligroso.

Al caminar por el centro de Tijuana, uno siente una vibra rara. Todo parece tranquilo, sospechosamente tranquilo. El complejo panorama de los migrantes centroamericanos afecta primeramente esta zona que sirve como termómetro social y económica de la ciudad fronteriza. La pizarra sigue en ceros, nadie gana, y todo parece indicar que en este partido, nos vamos a extra innings.

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