ISRAEL: TRES VECES SANTA

Las noticias hacen alarde; periódicos y televisoras señalan que en Israel todo lo malo sucede: Intifada, bombardeos, terrorismo y ocupaciones son los titulares de algunos medios de comunicación que afirman que el conflicto aún persiste —en tiempo real— entre Palestina e Israel.

Texto y fotos por Pepe Treviño

Sin embargo, ningún viajero en su sano juicio dejaría de visitar este territorio. Claro, si sus posibilidades económicas se lo permiten, porque, hay que decirlo, Israel es un destino costoso para un turista promedio. Y contrario a lo que se podría creer de este lado del planeta, dicho punto sigue recibiendo a millones de turistas cada año.

Sin duda la ciudad de gran peso histórico es Jerusalén, urbe milenaria, disputada y amada por todos, y tres veces santa. Flujo y reflujo de emociones, la futura capital de un estado palestino que todavía no existe, la capital de Israel, pero no reconocida por ningún otro país de la comunidad internacional.

Rodeada de muros y defensas contra los que se estrellan todos los razonamientos,  los colonos están convencidos de que el antisemitismo gobierna la tierra; es el lugar que Dios les regaló en la Biblia, dicen ellos, por eso viajamos a la tierra prometida, para comprobar lo anterior y reconocer que Israel es un país que recibe a viajeros de todo el planeta sin ningún reparo.

El sepulcro de Jesús para los cristianos, el Muro de las Lamentaciones para los judíos, el lugar desde el que Mahoma se elevó a los cielos para los musulmanes, Jerusalén es una ciudad mágica que huele a cardamomo y albahaca. Se trata de un lugar cargado de espiritualidad, de alma, de energía, de fuerza, lleno de turistas religiosos y ateos que atraviesan la puerta de Damasco para entrar a la parte vieja de la ciudad. Calles de piedra que ya tiñeron de sangre hace 1,000 años al caudillo Saladino o al cruzado Bouillón, hoy centenares de soldados israelíes cuidan cada esquina, cada lugar sagrado. Un sitio de conexiones complicadas.

Caminarla invita a la reflexión, se practique o no la religión. La sugerencia es que el itinerario peatonal comience desde el mirador, situado en el bíblico monte de los Olivos, desde donde se contempla la estampa más bella de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Este laberinto de calles angostas, mercados, iglesias, mezquitas y sinagogas, parapetado por una muralla de la época otomana, está dominado por el brillo dorado de la Cúpula de la Roca, erigida en lo alto del monte Moriah, donde el rey Salomón emplazó su palacio y un magnífico templo.

Donde quiera que se pierda la mirada, la religión resulta omnipresente en esta ciudad de piedras milenarias que rezuman una agitada historia, sagrada para las tres confesiones monoteístas mayoritarias: judaísmo, cristianismo e islam. Cabe decir que no todo está repartido por igual: de los 870,000 habitantes de Jerusalén, la comunidad más numerosa es la judía con 62%, frente al 36% de musulmanes, y el 2% restante; sin embargo, en la Ciudad Vieja, el barrio más extenso es el musulmán.

LA VÍA DOLOROSA

Resulta emotivo entrar en la Jerusalén amurallada desde el Monte de los Olivos. El recorrido pasa por templos que conmemoran momentos de la vida de Jesús y por un extenso cementerio judío —el más caro del mundo—, donde los creyentes aseguran que iniciará la resurrección cuando llegue el Mesías. Los cristianos regularmente caminan desde allí hasta el Huerto de Getsemaní, el olivar donde los soldados romanos apresaron a Cristo tras la traición de Judas.

La rica amalgama de culturas y creencias se siente en el barrio musulmán, el corazón del mercado, que está atravesado por la Vía Dolorosa, aquella que recorrió Jesús cargado con la cruz hasta el monte del Calvario. El primer edificio para realizar la ruta que hizo Cristo comienza en la Capilla de Flagelación, lugar en que se le castigó y se le condenó a muerte. El sitio se compone de dos santuarios ubicados junto al convento franciscano, sede del Estudio Bíblico Franciscano. En el pavimento de la iglesia del Litóstrotos se conservan algunas piedras estriadas. La imposición de la cruz sobre los hombros de Jesús se recuerda en los muros exteriores de la iglesia del Litóstrotos, que es donde comienza el vía crucis.

Las Doce Estaciones de la Vía Dolorosa son frecuentadas por los religiosos y los aficionados a la historia. Desde que se pone un pie fuera de la iglesia, la imaginación comienza a hacer su trabajo. Es imposible que no vengan a la cabeza aquellas imágenes en que Jesucristo era azotado a su paso por el mercado (aún activo hasta ahora), sobre todo cuando se llega a la Primera Estación, señalada con un anuncio, donde Cristo fue interrogado por Poncio Pilato y posteriormente condenado, tras haber recibido la corona de espinas elaborada por los soldados romanos y haber vestido un manto rojo.

La Segunda Estación se encuentra cerca de la antigua construcción romana conocida como el Arco del Ecce Homo, en memoria de las palabras pronunciadas por Poncio Pilato, mientras mostraba a Jesucristo al pueblo jerosolimitano. Sólo una parte de este arco triunfal, erigido por Adriano (en el año 135 a. C.) para celebrar la caída de Jerusalén, es visible actualmente. El arco izquierdo no existe ya, pasó a formar parte de un monasterio islámico. El dato curioso es que en algunas de las piedras existen signos de un antiguo juego de dados, lo que da soporte a la hipótesis de que se trata del lugar donde los soldados romanos se jugaron las ropas de Jesús.

La Tercera Estación Penitencial rememora la primera caída de Cristo en su camino a la crucifixión. El lugar está señalado por una pequeña capilla que pertenece a la Iglesia Católica Armenia. Es un edificio del siglo XIX renovado completamente por soldados católicos de la armada libre polaca durante la Segunda Guerra Mundial.

La Cuarta Estación es la que recuerda el encuentro entre Jesús y su madre, que se conmemora mediante un pequeño oratorio con una exquisita luneta sobre la entrada, adornada con un bajorrelieve cincelado por el artista polaco Zieliensky. Este encuentro, sin embargo, no aparece en los textos canónicos. Por su parte, la Quinta Estación se compone por un conjunto escultórico del siglo XIX en el que se aprecia a Verónica ofreciéndole el velo. Aquí hay una iglesia perteneciente a griegos católicos que conserva la memoria del encuentro.

Las siguientes estaciones están marcadas con símbolos para que el peregrino no se pierda entre las calles; no obstante, la emoción se condensa cuando uno se lanza de lleno a un laberinto de arterias entre las que surgen tiendas de artesanías y mercados que cautivan por sus colores, aromas y sabores, así como vendedores que son profesionales en timar a la gente al vender suvenires a precios engañosos. Religiosos, seculares, turistas y policías armados se confunden en estas vías cargadas de historia y vida. La Vía Dolorosa finaliza en la iglesia del Santo Sepulcro, ya en el barrio cristiano, donde se cree que fue enterrado Jesús.

Poner un pie en este sitio hace que se erice la piel. Cientos de personas se arremolinan en esta basílica que encierra lugares sagrados para los cristianos, como el Gólgota, montículo donde Jesús fue crucificado, que no es más que un pequeño espacio al que se accede mediante una escalinata atestada de turistas que desean ver la capilla de la crucifixión y tocar la piedra donde, cuenta la historia, se colocó la cruz donde Cristo fue crucificado.

Con todo, es en la Piedra de la Unción donde se pueden ver más expresiones de fe, gente llorando, en catarsis, en shock. Está situada frente a la entrada de la iglesia y es considerada como el lugar donde el cuerpo de Jesús fue ungido tras ser bajado de la cruz. La magia sigue inyectándole dopamina al itinerario en la Rotonda, zona de la iglesia de planta circular donde grandes columnas sustentan una enorme cúpula bajo la cual, en el centro del lugar, se encuentra el Edículo del Santo Sepulcro. Allí hay miles de turistas religiosos que asisten diariamente y hacen una fila de hasta tres horas para conocer el sitio donde se depositó el cuerpo de Jesús.

Resulta curioso notar que al salir del complejo religioso la vida política sigue gobernando. Aquí ni siquiera los cristianos se han puesto de acuerdo sobre cómo gestionar la tumba de Jesús en el monte Gólgota. Ortodoxos, franciscanos, coptos, asirios, todos los que guardan el santo sepulcro, ceden las llaves del recinto a Omar Shukri, musulmán cuya familia se encarga, desde hace más de 100 años, de cerrar todas las noches las puertas de la catedral. Así es Oriente Medio. Cada palabra, cada término, cada expresión que se elija tiene aquí una enorme potencia semántica. No es lo mismo hablar del muro de separación que hablar de defensa; para los colonos, lo que el resto del mundo llama Cisjordania es el territorio bíblico de Judea y Samaria. Para Israel, Jerusalén es la capital del Estado, aunque ningún país lo reconoce, por eso todas las embajadas están en Tel Aviv, con excepción de Estados Unidos, que planea tener su representación en Tierra Santa para el próximo año. Sin duda esto es una provocación para el pueblo palestino.

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